La técnica de “siembra vaginal”, que busca transferir bacterias vaginales a recién nacidos por cesárea para mejorar su microbiota, ha sido objeto de estudio desde 2016, cuando se publicó una investigación liderada por Maria Gloria Dominguez-Bello. Este método propone una solución a la falta de exposición a bacterias protectoras que enfrentan los bebés nacidos por cesárea. A través de una gasa estéril, se pretende bañar al recién nacido con estas bacterias justo después del nacimiento.
Los resultados iniciales de dicho estudio fueron prometedores, mostrando que los bebés tratados durante el primer mes presentaron una microbiota más similar a la de los nacidos por parto natural. Sin embargo, revisiones posteriores pusieron de relieve que, a pesar de los cambios observados, no hay evidencia concluyente que respalde beneficios clínicos duraderos, como una menor incidencia de asma o alergias en esos niños.
A medida que se avanzó en la investigación, factores como la alimentación, el entorno y especialmente la lactancia materna demostraron tener un impacto mucho más significativo en el desarrollo del microbioma del bebé, opacando los beneficios temporales de la “siembra vaginal”.
Un aspecto crítico es la seguridad del procedimiento. Los médicos advierten que el canal vaginal puede contener no solo bacterias beneficiosas, sino también patógenos peligrosos para un recién nacido, incluyendo estreptococos del grupo B y virus que pueden comprometer su salud. Aunque se realizan cribados exhaustivos a las madres, se reconoce que asegurar un cribado perfecto es prácticamente imposible en la práctica clínica.
