En el Parque Provincial Ernesto Tornquist, al sur de Buenos Aires, habita el gamo europeo, un ciervo de pelaje rojizo que no es nativo de América. Esta introducción, realizada en 1905 por el empresario Ernesto Tornquist con fines decorativos, provocó un impacto significativo en el ecosistema local y en la caza en el país. Desde entonces, su población ha crecido, llevando a su inclusión en 2021 en la lista de especies exóticas invasoras de Argentina, donde se permite su caza bajo control.
Hoy, los gamos están presentes en varias provincias argentinas, pero es en la isla Victoria y la península Huemul donde su efecto sobre el entorno ha sido más evidente. Estos animales han mostrado patrones alimenticios que favorecen la invasión de especies como los pinos, perjudicando la flora nativa. En particular, se ha documentado que han ocasionado una notable reducción de plantas autóctonas como el maqui.
Históricamente, el gamo ha demostrado su adaptabilidad en diferentes entornos, refrendando una tendencia global en la que numerosas especies se han expandido más allá de su hábitat original. En 2024, un estudio de investigadores detalló que, a lo largo de los milenios, estas criaturas han reocupado territorios tras glaciaciones, mostrando la delgada línea entre lo nativo y lo invasor.
A medida que la población de gamos avanza y altera ecosistemas locales, surgen interrogantes sobre las estrategias de manejo y control que deberán implementarse para mitigar su impacto a largo plazo.
