El Ferrocarril Central del Perú, una infraestructura clave que conecta la capital, Lima, con las ciudades andinas, enfrenta desafíos significativos en su operatividad y modernización. Este ferrocarril de 490 kilómetros, que inicia en el puerto del Callao y atraviesa 68 túneles y 55 puentes, es vital para el transporte de minerales y productos esenciales, pero su situación actual es incierta debido a la falta de inversiones y el alto costo de modernización.
Con un trazado que alcanza una altitud de 4.835 metros en “La Cima”, este ferrocarril es el de mayor altitud en Sudamérica y ha sido un componente crucial en el desarrollo de la industria minera del país desde su inauguración en el siglo XIX. Su construcción fue un reto monumental, liderada por el ingeniero polaco Ernest Malinowski y su colega estadounidense Henry Meiggs. La obra, que comenzó en 1870, enfrentó numerosos obstáculos, incluyendo enfermedades y limitaciones tecnológicas de la época, lo que resultó en años de retrasos.
A pesar de su importancia, el Ferrocarril Central del Perú sólo opera una ruta turística entre Lima y Huancayo que toma 14 horas y tiene un calendario limitado. Los usuarios deben tener en cuenta el riesgo de mal de altura cuando viajan en tren, ya que puede afectar a hasta el 70% de las personas a más de 4,500 metros. La empresa operadora asegura que proporciona oxígeno a bordo y asistencia médica ante cualquier síntoma.
El futuro del ferrocarril sigue siendo incierto, con planes de un túnel de 23,2 kilómetros y un presupuesto potencial de 2.000 millones de dólares que buscan reducir significativamente el tiempo de viaje, aunque la realización de estos proyectos es poco clara. En este contexto, el Ferrocarril Central del Perú no solo es un símbolo de la historia y la cultura del país, sino también un elemento crucial para el desarrollo económico de la región andina.
