El 11 de junio, la NOAA confirmó el inicio del fenómeno climático de El Niño, anticipando su intensificación para el invierno. Aunque hay un 65% de posibilidades de que esta fase cálida sea “muy fuerte”, los modelos predicen que será uno de los más intensos en 75 años, afectando así el clima global y, por ende, la vida diaria, la agricultura y la gestión de recursos hídricos.
Recientemente se ha revelado que las temperaturas en El Niño 3.4, un indicador clave para medir su intensidad, están alcanzando niveles récord. Esto indica un calentamiento significativo en el Pacífico central y oriental, lo que podría alterar aún más los patrones climáticos globales. El Niño, que forma parte de la Oscilación Meridional de El Niño (ENSO), provoca un aumento de las temperaturas del agua y altera los vientos, lo que puede causar sequías en algunas regiones y lluvias torrenciales en otras.
Sin embargo, a pesar del aumento de temperatura en el Pacífico ecuatorial, este dato no necesariamente define la intensidad de El Niño. El índice que monitorea la ENSO ha sido actualizado recientemente para evitar confundir el calentamiento natural con la severidad del fenómeno. La anomalía entre la área Niño-3.4 y otras regiones cercanas sigue siendo baja, aunque la rapidez de su aparición es relevante.
El potencial impacto de El Niño de 2023-2024 es preocupante, dado que los eventos previos han tenido consecuencias severas a nivel global, incluyendo miles de muertes y pérdidas económicas multimillonarias. Este fenómeno viene tras un periodo de temperaturas récord y podría contribuir a nuevos desafíos climáticos en el corto y mediano plazo.
