En un contexto de creciente preocupación por la proliferación de armamento nuclear, surge la figura de John Aristotle Phillips, un estudiante de 21 años de la Universidad de Princeton que en 1977 elaboró un proyecto académico titulado “Cómo construir tu propia bomba atómica”. Este trabajo, que utilizó exclusivamente fuentes públicas, planteó un diseño funcional de un arma nuclear, lo que atrajo la atención de medios y expertos, además de involucrar al FBI. La relevancia de esta historia resuena hoy en día al considerar la fácil accesibilidad de información crítica y su potencial para ser mal utilizada.
Phillips, que no destacaba en su carrera académica y había repetido cursos, decidió enfrentar un desafío planteado por Freeman Dyson, un físico renombrado que había participado en el Proyecto Manhattan. Dyson propuso a sus alumnos investigar la proliferación nuclear, y Phillips, buscando destacar, optó por recrear el diseño de una bomba atómica, lo cual logró con una notable investigación en bibliotecas y archivos desclasificados. Su trabajo detallaba los pasos necesarios sin recurrir a información clasificada, lo que desencadenó su ascenso a la notoriedad.
El trabajo de Phillips, compuesto por 40 páginas, no solo obtuvo una calificación sobresaliente, sino que se difundió rápidamente entre físicos y medios de comunicación. Especialistas como Frank Chilton, reconocido ingeniero nuclear, validaron la viabilidad técnica del diseño, aunque advirtieron sobre la dificultad de acceder al plutonio necesario para su construcción. La situación escaló cuando algunos científicos pakistaníes se acercaron a Phillips para adquirir su documento, lo que llevó al FBI a confiscar no solo su trabajo, sino también una maqueta que había realizado.
Contrario a continuar su carrera en el ámbito académico, Phillips publicó en 1979 un libro titulado “Mushroom: The True Story of the A-Bomb Kid”, donde relató su experiencia y su trayectoria. Su creciente conciencia sobre los peligros de la proliferación nuclear lo condujo a convertirse en un activista antinuclear, abogando por la responsabilidad en la divulgación de conocimientos.
En un giro inesperado, en los años 80, Phillips se postuló como candidato demócrata a la Cámara de Representantes de Estados Unidos, aunque sin éxito. A pesar de esto, su carrera se mantuvo activa en el sector de la tecnología política, y su historia sigue siendo relevante en debates sobre el acceso a información técnica y los límites éticos del conocimiento científico. Aunque nunca construyó una bomba atómica, su caso se convierte en un recordatorio de los riesgos asociados a la disponibilidad de información, especialmente en una época donde el acceso a datos es más fácil que nunca.
