Una nueva revisión de estudios científicos pone en cuestión el consejo común de comer despacio para sentir saciedad. La afirmación de que el cerebro tarda alrededor de 20 minutos en percibir la plenitud, popularizada por fuentes como Harvard, carece de un fundamento biológico riguroso y se presenta más como una aproximación que como un dogma. El proceso de sentirse lleno involucra señales hormonales, especialmente de las hormonas PYY y GLP-1, que se incrementan durante la ingesta. Sin embargo, este mecanismo no es instantáneo y varía entre individuos.
Investigaciones muestran que la velocidad de la comida puede influir en la respuesta hormonal. Un estudio reveló que los hombres que comían durante 30 minutos tenían mayores niveles de hormonas que promueven la saciedad en comparación con aquellos que lo hacían en 5 minutos. Sin embargo, otro ensayo encontró que comer más rápido no siempre altera significativamente la cantidad de energía consumida posteriormente.
Considerar si comer despacio resulta en una menor ingesta también ofrece resultados mixtos. Un metaanálisis de 22 estudios sugiere que esta práctica podría asociarse con una reducción en la ingesta calórica, aunque también mostró una gran variabilidad entre los estudios y careció de una relación consistente con el nivel de hambre.
La digestión comienza antes de la llegada de los alimentos al estómago, ya que la saliva actúa en la boca. La comunicación entre el intestino y el cerebro, mediada por diversas hormonas, nos indica que hemos alcanzado la saciedad. Comer lentamente puede potenciar esta comunicación, pero no es un mecanismo infalible que se active tras un tiempo específico.
La idea de que el comer lento lleva a adelgazar, aunque lógica, no ha sido confirmada por estudios robustos. Intentos de intervención a largo plazo han demostrado resultados inconsistentes, como un programa de cinco semanas donde las participantes redujeron su velocidad en las comidas, pero no lograron un cambio significativo en su ingesta calórica.
