La emblemática fábrica de La Cartuja de Sevilla, famosa por su vajilla, cerró sus puertas en julio de 2025 después de dos siglos de historia, dejando atrás 1.200 empleos y una producción de millones de platos semanales. Sin embargo, un giro inesperado ha cambiado el rumbo de esta empresa: una empresaria chilena, Gabriela Luksic, adquirió la marca por 225.000 euros, atraída por su diseño mientras se hospedaba en Jerez. Esta decisión fue parcialmente impulsada por información proporcionada por ChatGPT, que le explicó el proceso de fabricación de la vajilla.
La Cartuja de Sevilla fue fundada en 1841 por el comerciante inglés Charles Pickman en un monasterio; su desvinculación de la Iglesia a través de la desamortización de Mendizábal facilitó su establecimiento. Durante su auge, la fábrica se convirtió en un símbolo de la elegancia burguesa española, siendo conocida por sus motivos florales en vajilla de calidad.
El declive de la marca comenzó en los años 80 debido a la expropiación del imperio Rumasa y a una serie de problemas financieros que culminaron en deudas adquiridas, incluidas 6 millones de euros que llevaron a un concurso de acreedores en 2019. Aunque el Tribunal Supremo resolvió en favor de La Cartuja, la crisis sanitaria y la energética afectaron severamente su base de clientes, como hoteles y restaurantes.
En 2025, un Juzgado Mercantil levantó el concurso, pero la empresa no pudo hacer frente a las deudas tributarias que la llevaron a solicitar la liquidación. La venta de la unidad productiva, un procedimiento que permite rescatar empresas en dificultades, permitió a Luksic hacerse con la misma y mantener a parte de la plantilla.
Bajo la nueva dirección, la producción se mantiene artesanal, conservando materiales tradicionales y técnicas de producción que incluyen un cuidadoso proceso de horneado y revisión manual. En mayo de 2026, la empresa presentó su primera producción desde el cambio de propietarios, relanzando sus modelos icónicos y planeando aumentar la producción significativamente en los próximos años.
Mientras el resurgimiento de La Cartuja se afianza, la industria de la vajilla enfrenta desafíos similares, como lo demuestra la reciente historia de Duralex, que logró evitar la quiebra a través de crowdfunding y cooperativas. A medida que estas marcas buscan restaurar su salud financiera, el reto de adaptarse a un mercado cambiante se vuelve crucial para su supervivencia.
