En un desarrollo preocupante, el este de China enfrenta un hundimiento creciente de su territorio debido a la extracción intensiva de agua subterránea. A diferencia de Venecia, que ha sido famosa por su lento descenso, ciudades como Shanghái, Shenzhen y otras están experimentando un deslizamiento del suelo impulsado por décadas de bombeo de agua, poniendo en riesgo a millones de residentes.
En los últimos 40 años, China ha experimentado una acelerada transformación urbana, convirtiéndose en hogar de megaciudades que ahora dependen de acuíferos subterráneos para su suministro de agua. Este crecimiento masivo, sin precedentes en la historia, ha llevado a una presión insostenible sobre los recursos hídricos, aumentando la demanda de agua a medida que la población migraba de zonas rurales a urbanas.
La continua extracción de agua durante años ha producido espacios vacíos en el subsuelo, cuyas consecuencias, aunque lentas, están comenzando a manifestarse de forma alarmante. Estudios recientes han mostrado que casi el 45% de las áreas urbanas en el este de China descienden más de tres milímetros al año, con algunas superando los diez milímetros, lo que puede genera inestabilidad en infraestructuras vitales, como edificios y carreteras.
La investigación ha utilizado tecnología satelital para mapear la subsidencia en 82 de las principales ciudades chinas, identificando que la compactación del suelo provoca una compresión de los sedimentos debido a la eliminación del agua que anteriormente los sostenía. Esto ha resultado en problemas de infraestructura y un mayor riesgo de inundaciones, lo que amenaza tanto a la población como a los centros industriales del país.
La situación se complica con la subida del nivel del mar, acelerada por el cambio climático, que afecta a áreas costeras como los deltas del Yangtsé y el río Perla. En algunos puntos, el nivel del mar aumenta más rápidamente que el descenso del suelo, lo que eleva el riesgo de inundaciones y daña aún más la infraestructura existente.
Sin embargo, hay esperanza. Ciudades como Shanghái han comenzado a tomar medidas para mitigar el problema al reducir la extracción de agua y reinyectarla en los acuíferos. Tokio, que enfrentó un problema similar en los años setenta, logró detener su subsidencia implementando prácticas de gestión del agua. Para China, el desafío radica en aplicar lecciones aprendidas en un contexto mucho más amplio, con el objetivo de detener el hundimiento y proteger a su población.
