En 1945, la Secretaría de Marina de Argentina solicitó a Canadá 50 castores, con la intención de impulsar la industria peletera en Tierra del Fuego, una región favorecida por su clima frío y su biodiversidad. Aunque solo se enviaron 20 animales, estos fueron suficientes para provocar una transformación drástica en el ecosistema local, donde los castores se establecieron y proliferaron rápidamente.
El primer grupo de castores se liberó en noviembre de 1946, en el río Claro, cerca del lago Fagnano. Originalmente, se pensaba que estos animales enriquecerían la fauna de la región, pero la industria peletera nunca se desarrolló como se había planeado. Sin regulación y sin depredadores, la población de castores creció sin control, expandiéndose por casi todas las cuencas del archipiélago, incluyendo ambos lados de la frontera entre Chile y Argentina.
Investigaciones de la Universidad de Buenos Aires revelaron que hay más de 206,000 diques construidos por castores en el área, cifra que podría ser conservadora. Mientras que el gobierno argentino estima unos 100,000 castores en el país, estos animales han alterado profundamente el ecosistema. En su hábitat nativo, los castores coexisten con depredadores que limitan su crecimiento poblacional. Sin embargo, en Tierra del Fuego, la ausencia de estas especies ha propiciado un aumento desmedido, convirtiéndolos en un importante factor de deforestación.
Expertos han advertido que el impacto de los castores en los bosques subantárticos se considera la mayor alteración del paisaje desde la última glaciación. En Argentina, se calculan pérdidas económicas de aproximadamente 66.6 millones de dólares anuales en Tierra del Fuego debido a esta invasión. En Chile, los daños acumulados durante siete décadas se estiman en más de 73 millones de dólares.
A pesar de la gravedad de la situación, existen propuestas para mitigar el problema. Entre 2016 y 2018, un proyecto en Argentina logró extraer más de 1,000 castores, demostrando que la erradicación es viable a un costo estimado de 15 millones de dólares en un plazo de 15 años. Sin embargo, a pesar de estas soluciones potenciales, el plan sigue paralizado por falta de financiamiento y voluntad política.
El caso de los castores en Tierra del Fuego subraya la importancia de una gestión ambiental proactiva y la necesidad de tomar decisiones a tiempo para evitar problemas ecológicos mayores.
