Con la llegada del calor, es común recurrir a una botella de agua fría. Sin embargo, persiste el mito de que beber agua helada “bloquea” la digestión. Aunque hay una base fisiológica para esta afirmación, es importante aclarar que eso no es del todo cierto. La especialista en aparato digestivo, Silvia Gómez, indica que el agua fría no impide la digestión, pero su temperatura podría ralentizarla y hacerla menos confortable.
La digestión humana se realiza de manera óptima a aproximadamente 37 °C. Cuando se ingiere agua muy fría, el cuerpo reacciona mediante la vasoconstricción, lo que puede alterar temporalmente la contracción muscular del estómago y, por ende, la digestión. A pesar de esto, hay estudios recientes que muestran que la ingesta de agua fría puede, de hecho, provocar una sensación de saciedad más rápida, reduciendo la ingesta calórica posterior en un rango del 19% al 26%.
Cabe destacar que, aunque el agua fría puede disminuir temporalmente las contracciones gástricas, el sistema humano es muy eficaz en regular su temperatura. El líquido frío alcanza rápidamente la temperatura corporal, reanudando la actividad digestiva normal. Existen muchos mitos sobre el agua fría, como que solidifica las grasas. Sin embargo, en el entorno gástrico, este efecto es mínimo y rápidamente compensado por la acción de los ácidos y enzimas.
El impacto del agua fría puede variar según la salud digestiva del individuo. Personas con trastornos como dispepsia o reflujo gastroesofágico pueden experimentar un agravamiento de los síntomas debido a las alteraciones en la motilidad gástrica que provoca el frío. En estos casos, es fundamental consultar a un médico para recibir recomendaciones específicas.
