Durante el verano de 2025, las olas de calor fueron un tema recurrente en los medios, pero diferenciar su intensidad y duración es esencial. Según datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), se reconocieron solo tres olas de calor en la Península y Baleares, así como dos en Canarias, a pesar de la percepción generalizada de un verano extremadamente caluroso. Estas olas de calor se destacan no solo por su duración, como la que se extendió del 18 de junio al 4 de julio, sino también por su frecuencia creciente, lo que subraya la urgencia de abordar el cambio climático.
Definir una ola de calor no es un proceso uniforme; varía entre países e instituciones. A nivel internacional, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) la conceptualizan como un periodo inusualmente cálido que impacta tanto en la salud de las personas como en la naturaleza. En España, AEMET establece criterios específicos: una ola de calor debe durar al menos tres días, registrar temperaturas extremas en al menos el 10% de las estaciones de referencia, y estas deben superar el percentil 95 de las temperaturas históricas.
En términos de duración, las olas de calor en España han tenido variaciones significativas, con la más larga registrada durante 26 días en 2015. Aunque las olas de calor de 2022 fueron más breves, se contabilizaron 41 días en total, cifra apenas inferior a los 33 días observados en 2025. Además, países como Noruega, Suecia y Finlandia también enfrentaron olas de calor récord en 2025, con temperaturas superiores a 30°C en zonas del Ártico.
El umbral de temperatura para definir una ola de calor varía según la provincia española, ajustándose a las condiciones climáticas locales. Por ejemplo, en Jaén, los umbrales son significativamente más altos que en A Coruña. Para mantenerse informado sobre las alertas, se recomienda seguir las actualizaciones diarias de AEMET, que clasifica los riesgos de temperaturas elevadas con un código de colores, donde el amarillo indica riesgo importante y el rojo, riesgo extremo.
Las ciudades son especialmente vulnerables al fenómeno del “efecto isla de calor urbano”, donde la acumulación de calor se ve exacerbada por la infraestructura urbana. Este efecto puede hacer que las temperaturas en áreas metropolitanas como Madrid o Barcelona sean hasta 11°C más altas que en las periferias. Mitigar este impacto requiere más zonas verdes en las ciudades, aunque su implementación es escasa.
Investigaciones indican que la influencia humana ha duplicado la probabilidad de olas de calor en diversas regiones. El aumento de gases de efecto invernadero, la urbanización y la deforestación contribuyen a un calentamiento acelerado. La temperatura media en España ha aumentado 1,75°C desde 1961, superando la media global.
Para enfrentar estos fenómenos, es crucial adoptar medidas de prevención durante las olas de calor. Se aconseja evitar salir en las horas más calurosas, mantenerse hidratado y consumir alimentos ricos en agua. También se deben tomar precauciones especiales para población vulnerable, como niños y personas mayores. Si bien es fundamental abordar el cambio climático de forma integral, estas recomendaciones son clave para mitigar los efectos inmediatos de las olas de calor ya presentes.
