Estados Unidos llevó a cabo un ambicioso experimento en la década de 1940 para investigar la influencia de la genética en el comportamiento de los perros. Con el apoyo de la Fundación Rockefeller, se examinaron más de 500 perros de cinco razas diferentes durante 13 años, con un costo equivalente a cerca de nueve millones de dólares actuales. Este estudio buscaba responder a la pregunta de si, al seleccionar los genes adecuados, era posible criar un perro extraordinariamente inteligente.
El proyecto, conocido como “School for Dogs”, se inició en Maine. Bajo la dirección de los investigadores John Paul Scott y John Fuller, se reunió un equipo con instalaciones amplias para observar el desarrollo de cachorros desde su nacimiento. Las razas elegidas incluyeron cocker spaniel, beagle, pastor de Shetland, basenji y fox terrier de pelo duro, que fueron sometidos a diversas pruebas para medir su inteligencia, capacidad de entrenamiento y personalidad.
A medida que los investigadores realizaban las pruebas, se dieron cuenta de que, aunque algunas razas destacaban en ciertas habilidades, no había una “raza campeona” que reuniera todas las características deseadas. Observaciones sobre el comportamiento revelaron que las respuestas variaban según el contexto, lo que llevó a la conclusión de que no existía una raza globalmente más inteligente que las demás.
Este estudio tuvo un enfoque adicional, al destacar que la diversidad en un grupo es beneficiosa. Diferentes temperamentos y habilidades complementan las necesidades de una población, lo que sugiere que la fortaleza se encuentra en la variedad y no en la homogeneidad.
El experimento también exploró cómo las experiencias durante la infancia influyen en el comportamiento de los perros adultos. Se identificó un periodo crítico de socialización entre las cuatro y doce semanas de edad. El aislamiento durante este tiempo dificultaba el desarrollo social saludable. Las implicaciones éticas de algunos de estos experimentos son cuestionables hoy en día, ya que algunas prácticas no cumplirían con los estándares actuales.
Hacia el final de la década de 1950, la Fundación Rockefeller retiró su financiamiento, y el proyecto concluyó tras trece años de investigación. Aunque el objetivo de crear un “superperro” no se logró, el experimento ofreció valiosas lecciones sobre cómo la genética y el entorno interactúan para dar forma al comportamiento canino, destacando la complejidad detrás de las características de los animales. La “School for Dogs” resultó ser más que un intento de criar un animal superior; ilustró la riqueza del comportamiento que surge de la interacción genética y ambiental.
