La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha respondido a las demandas sobre la independencia del Instituto Nacional Electoral (INE), un órgano esencial que organiza las elecciones desde 1994. Ella sostiene que este debe ser autónomo para reflejar la verdadera voluntad del pueblo, evitando que responda a intereses de élites. Sin embargo, el llamado a garantizar esta independencia proviene de voces diversas, incluyendo figuras como José Woldenberg y organizaciones de la sociedad civil.
Existen interrogantes sobre qué significa realmente “popular” en este contexto. Algunos se cuestionan si es aceptable designar a los líderes del INE a través de métodos como la tómbola, o si deberíamos aspirar a un sistema donde la participación sea genuinamente representativa. La jefa del Estado considera que los vínculos del INE con gobiernos anteriores son una razón para criticar a quienes la acusan de establecer una “democracia de élite”. Sin embargo, este enfoque ignora que la “ciudadanización” del INE se buscó precisamente para evitar abusos por parte de actores políticos tradicionales.
Sheinbaum pone en el centro de su discurso una reforma electoral de 2014 que fortaleció al INE, lo que generó una concentración de facultades. Sin embargo, la operación de estos cambios ha sido cuestionada por su falta de transparencia y su distanciamiento de la rendición de cuentas que se esperaría de un organismo que debe reflejar al pueblo en su conjunto.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha confirmado varios de estos cambios, pero también ha evocado críticas, especialmente en torno a lo que se ha denominado la “reforma Taddei”. Esta situación ha creado incertidumbre y desconfianza entre los ciudadanos respecto a la imparcialidad del proceso electoral, lo que podría llevar a una crisis de legitimidad en la votación de 2027.
Para restaurar la confianza, se sugiere la creación de un nuevo Consejo del INE que incluya a ciudadanos que representen un amplio espectro de la sociedad y que actúen con integridad, evitando cualquier vínculo con designaciones políticas. La urgencia de abordar estas preocupaciones es clara. Sin acciones concretas y responsables, el país podría enfrentar una crisis política de gran magnitud que afecte no solo la legitimidad de los procesos electorales, sino también el tejido de la democracia en México.
