A mediados de la década de 1980, la malvasía cabeciblanca, una especie de pato, enfrentaba una grave crisis de extinción en la península ibérica, con tan solo 22 ejemplares registrados. Ante esta situación crítica, en 1984 las autoridades españolas optaron por erradicar la malvasía canela, un pato invasor de origen norteamericano que había llegado a Europa tras escaparse de colecciones británicas. Aunque inicialmente no parecía amenazante, la interrelación entre ambas especies pronto dio lugar a serios problemas de dilución genética, poniendo en riesgo la supervivencia de la malvasía cabeciblanca. En 1991, comenzaron a aparecer híbridos en la laguna cordobesa de El Rincón, lo que llevó a un enfoque más agresivo hacia la malvasía canela.
Desde 1984 hasta 2011, se retiraron del entorno natural 186 ejemplares de malvasía canela y 69 híbridos. Aunque la estrategia de control fue reconocida por el Consejo de Europa como un ejemplo positivo, las limitaciones eran evidentes. Mientras el Reino Unido continuara reproduciendo malvasías canela en grandes cantidades, los esfuerzos en España solo podrían retrasar lo inevitable.
Sin embargo, en 2005, el Reino Unido inició un programa de erradicación que redujo su población de 4,400 aves a solo 200 en cinco años. Este esfuerzo coordinado resultó en una notable disminución de la malvasía canela en toda Europa, con aproximadamente 200 ejemplares restantes en 2023. En España, las observaciones han sido escasas, con solo un ejemplar abatido y un macho avistado en 2022 que no pudo ser controlado.
La historia de la malvasía canela sirve como un instructivo sobre cómo abordar la llegada de especies invasoras. Desde 2019, la capacidad para gestionar esta problemática en la Unión Europea ha sido limitada; solo se ha logrado controlar la rana toro en el Ebro, lo que subraya la complejidad de estos esfuerzos. La experiencia con la malvasía canela ofrece esperanza, pero también resalta la necesidad de un compromiso más serio hacia la conservación de especies autóctonas.
