Fabián Robles, talentoso actor originario de León, evoca una conexión auténtica con el teatro que se remonta a su infancia. Desde sus primeros pasos en los pasillos de los escenarios, donde su padre actuaba, Robles ha cultivado un amor por el arte que trasciende generaciones. En una llamada telefónica, recuerda el impacto de su debut en la Ciudad de México: “Llegamos directo del camión al teatro, vi a Che salir y entendí lo que era el escenario”. Este primer encuentro selló su destino en el mundo actoral.
A los 19 años, Robles se adentró en la escena profesional con su interpretación de Porfirio Díaz en “El vuelo del águila”, una superproducción que le abrió las puertas de la industria. Tras más de tres décadas en el medio, reflexiona sobre el paso del tiempo y la evolución de los formatos. “Aunque las plataformas han cambiado, la esencia del espectáculo sigue viva”, asegura.
El actor, conocido por sus multifacéticos personajes antagónicos, aprecia la complejidad de estos roles. Según él, “los villanos son más cercanos a la realidad; a menudo, encuentran la humanidad en sus conflictos”, lo que permite a la audiencia conectar con sus historias de forma más profunda. Robles también indica que, en contraste con la imagen glamorosa del oficio, la realidad implica sacrificios y dedicación constante.
A pesar de sus años en el cine y la televisión, Robles prefiere el medio televisivo, considerándolo subestimado en comparación con el cine. “Cada formato tiene su valor”, afirma, pero su pasión se alinea más con la narrativa constante de la televisión.
La paternidad ha transformado su vida de manera significativa. La llegada de sus hijos gemelos introdujo una nueva dimensión en su mundo, ayudándole a apreciar el sacrificio parental y la conexión emocional que esta experiencia aporta. “Ahora, regresar a casa tras una grabación es tan importante como el trabajo mismo”, expresa con sinceridad.
Robles también busca explorar nuevos caminos creativos, especialmente en el teatro, donde anhela acercarse más al espectador. “Quiero hacer proyectos que generen algo más emocional y profundo”, indica. Actualmente, trabaja en un complejo personaje que desafía sus habilidades interpretativas y también comparte su afición por la escultura, un arte que considera terapéutico.
A pesar de su vida entre escenarios, León permanece como su ancla emocional, repleta de recuerdos que nutren su identidad. “Lugares de mi infancia como San Juan de Dios forman parte de mí”, reflexiona mientras continúa su camino artístico, ahora con una nueva mirada hacia la vida, la paternidad y la búsqueda de conexión en cada actuación.
