La Academia Americana de Pediatría realizó un giro significativo en febrero de 2026 al modificar sus recomendaciones sobre el tiempo de pantalla para niños y adolescentes. Reconoce que las antiguas directrices eran prácticamente inviables en un entorno digital en el que la tecnología permea todos los aspectos de la vida. Esta actualización busca aliviar la presión de los padres, destacando que el problema de la exposición digital trasciende la infancia y adolescencia, convirtiéndose en una cuestión social más amplia.
Libby Milkovich, coautora de las nuevas pautas, afirmó que anteriormentese había impuesto una carga innecesaria en los padres, sugiriendo que, en lugar de centrarse en los minutos frente a la pantalla, se debería priorizar el tiempo en familia. Este enfoque marca un cambio notable en la percepción de la tecnología y su relación con niños y jóvenes.
José César Perales, catedrático de psicología, enfatiza que la preocupación de los padres por la salud mental de sus hijos ha aumentado, aunque esta inquietud puede tener tanto beneficios como efectos adversos. Aunque la nueva postura de la Academia no aborda explícitamente el aumento de ansiedad parental, ilustra una conciencia de que las antiguas directrices pueden ser contraproducentes.
Fátima García Doval, profesora, resalta la creciente sensación de incompetencia en padres y educadores, sugiriendo que la dependencia de expertos está erosionando la autonomía familiar. A su juicio, la constante búsqueda de validación externa está obstaculizando la capacidad natural de los individuos para educar y cuidar.
Además, Perales advierte que este clima de miedo colectivo puede estar alimentado por discursos pesimistas, promovidos a menudo por expertos en diversas áreas. La ansiedad social, especialmente en torno a lo digital, se presenta sin el respaldo de una evidencia concreta. García Doval añade que esta preocupación hacia lo desconocido ha producido un fenómeno de “pánicos morales”, que a lo largo de la historia ha manifestado temores desmedidos hacia nuevas tecnologías y cambios sociales.
Ambos expertos propugnan la necesidad de un análisis prudente de los riesgos y beneficios asociados a tecnologías emergentes. Proponen que el miedo no debe limitar la capacidad de tomar decisiones informadas y equilibradas. En lugar de optar por soluciones extremas, sugieren un enfoque más matizado que considere el contexto y la evidencia disponible, fomentando un diálogo más saludable sobre cómo la tecnología impacta nuestras vidas y las de las futuras generaciones.
