Europa enfrenta un calentamiento acelerado debido al cambio climático, con el sur mediterráneo como la región más afectada, según la Organización Meteorológica Mundial. Ante esta situación, es vital que los países europeos implementen medidas adaptativas. Copenhague, la capital de Dinamarca, ha tomado la delantera en este frente con un plan de adaptación climático que lleva en marcha desde hace 15 años y que se espera completen en 20, combinando diferentes estrategias para hacer frente a lluvias intensas y al aumento del nivel del mar.
El plan incluye una red de túneles subterráneos que actúan como autovías para el agua, además de la creación de parques rediseñados como Enghaveparken, capaz de absorber 25.000 metros cúbicos de agua, y humedales como Karens Minde, que permite el tratamiento del agua antes de su vertido. Uno de los elementos más ambiciosos es Lynetteholm, una isla artificial destinada a proteger a Copenhague de los efectos del aumento del nivel del mar.
Según las proyecciones del instituto meteorológico danés, para 2100, se prevé un aumento de lluvias de hasta un 70% y un incremento en el nivel del mar de 42 centímetros. En un entorno urbano tan vulnerable, estas previsiones requieren una respuesta proactiva. La ciudad se ha convertido en un referente para otros núcleos costeros que enfrentan desafíos similares, adoptando un enfoque integral que prioriza tanto la gestión del agua como la biodiversidad.
El impulso para este plan se dio tras un evento extremo en 2011, cuando un temporal provocó las mayores lluvias en 55 años, dañando infraestructuras y causando pérdidas millonarias. Esto llevó a la implementación de un Plan de Gestión de Lluvias Torrenciales, con un presupuesto inicial considerable.
El proyecto abarca múltiples aspectos, desde la gestión natural del agua en parques y lagos hasta infraestructuras subterráneas donde el espacio es limitado. Sin embargo, la construcción de Lynetteholm ha suscitado controversia, dado su alto coste y su financiación a través de la venta de terrenos, generando preguntas sobre la viabilidad ambiental de este enfoque.
Copenhague se posiciona, así, como un laboratorio urbano que puede servir de modelo para otras ciudades enfrentadas a retos climáticos similares.
