Soto de la Barca, un pueblo en Tineo, Asturias, se ha convertido en un símbolo del abandono, análogo al “Chernóbil asturiano”. Fundado en 1965 alrededor de la central térmica de Narcea, llegó a albergar a 500 residentes, pero el cierre de la planta en 2020 dejó al pueblo vacío. En 2023, el Instituto para la Transición Justa asignó 3,5 millones de euros para rehabilitarlo, pero el Ayuntamiento devolvió el dinero dos años después debido a incumplimientos en la implementación del proyecto.
Soto de la Barca fue diseñado por el arquitecto Ramón Vázquez Molezún, quien buscaba crear un entorno vital para los trabajadores de la planta, que llegó a generar hasta 3.855 GWh de electricidad en 2000. Sin embargo, tras una serie de cierres y recortes de empleo desde 2016, la comunidad se disolvió gradualmente, con muchas familias abandonando la zona.
Naturgy, la empresa detrás de la central, firmó un acuerdo en 2022 para ceder el poblado al Ayuntamiento, pero los planes para revitalizarlo se estancaron, resultando en una situación llamada “regalo envenenado”, ya que su mantenimiento requiere altos costos. La mayoría de los edificios aún están en pie, pero su deterioro es evidente, con robos y vandalismo aumentando desde el inicio del desmantelamiento.
En la actualidad, Soto de la Barca cuenta con 24 vecinos censados. Mientras que algunas visiones futuras incluyen proyectos de rehabilitación y transformación en vivienda colaborativa, la falta de un plan concreto genera incertidumbre. El caso de este pueblo se suma a otros lugares en similar situación, reflejando un problema más amplio sobre el futuro de comunidades dependientes de industrias en declive.
