El 24 de febrero, las cimas del Pirineo mostraron un escenario inusual: un manto de nieve que no se había visto en los últimos cinco años. Las estimaciones revelan que la cuenca del Ebro acumulaba en ese momento 2.073,7 hectómetros cúbicos de nieve, el colchón más grande del último lustro, gracias a un invierno que fue el más húmedo en casi cinco décadas. Sin embargo, este abundante dato se ha visto empañado, ya que se prevé que la cuenca del Ebro finalizará el año hidrológico con un nivel de agua por debajo de la media de la última década.
De acuerdo con el boletín del Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO), al 15 de septiembre, las reservas de agua en el Ebro eran de aproximadamente 3.885 hectómetros cúbicos, representando el 49,8% de su capacidad, en comparación con el 52,1% que se registraba en su media histórica. A nivel nacional, la media estaba en el 61,8%. Esta situación es notable, considerando que en marzo la cuenca se encontraba al 85,1%, lo que indica un deterioro significativo en los niveles de agua disponibles.
A pesar de que la cuenca del Ebro constituye el 13,9% de la capacidad estatal, ha enfrentado el 26,1% de la pérdida de agua registrada en el país este verano. La mayoría de este uso de agua es agrícola, alcanzando un 92%. Sin embargo, los embalses de cabecera, que provén el riego agrícola, presentan niveles alarmantes, oscilando entre el 16% y el 55% de su capacidad, mientras que embalses como el de Ribarroja están al 96,7%.
Como consecuencia de esta crisis hídrica, comunidades como La Rioja han tenido que recurrir a camiones cisterna para abastecerse de agua, y Navarra ha visto cómo sus embalses disminuyeron del 90% al 61% en solo dos meses. Esta situación indica que la demanda de agua regada por el Ebro excede las capacidades de sus embalses, generando un problema significativo en la gestión de recursos hídricos.
Ante esta problemática, no hay respuestas claras. Desde hace más de tres décadas, no se ha implementado una política hidrológica efectiva. Históricamente, cada sequía ha dado paso a medidas de emergencia, mientras que las prácticas no han sido revisadas adecuadamente. Esto ha permitido la expansión de regadíos, exacerbando la sobreexplotación y contaminación de acuíferos.
La situación actual requiere una reflexión y acción urgente para revertir este panorama, que afecta no solo al suministro de agua, sino también a la sostenibilidad de los ecosistemas y comunidades dependientes de este recurso esencial.
