A medida que España avanza en el otoño, las temperaturas estivales persisten, lo que ha llevado a un análisis de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) que indica que el verano se está alargando a un ritmo de diez días cada década desde los años 80. Este fenómeno no solo altera el calendario climático, sino que impacta directamente en la vida cotidiana, afectando el ocio y el trabajo de los ciudadanos.
Mientras que culturalmente se ha adoptado el término “veroño” para describir otoños cálidos, los datos revelan que el verano está desplazando más la primavera que el otoño. Según un estudio que abarca 44 estaciones meteorológicas entre 1971 y 2018, el inicio del verano se ha adelantado aproximadamente 6,76 días por década, mientras que su final se ha retrasado en 2,74 días.
Este fenómeno se manifiesta de manera desigual en el territorio español. Por ejemplo, en el centro-norte de la península, la duración del “primaverano” ha superado ya los treinta días en algunas áreas. En contraste, el otoño muestra una resistencia menor, especialmente en las costas cantábricas y mediterráneas, donde el calor ha ganado solo tres semanas en total en las últimas décadas.
El cambio climático ha alterado la geografía del calor en España, con efectos notables en el noreste peninsular y los Pirineos, donde la duración del verano ha aumentado de 49 días a 69 en un periodo de veintiún años. Por otro lado, el sur de España y algunas zonas de Galicia mantienen una duración veraniega más constante, aunque igualmente sufren del impacto de temperaturas extremas.
De acuerdo con un estudio publicado en Geophysical Research Letters, si no se implementan medidas significativas para reducir las emisiones en el hemisferio norte, el futuro podría deparar veranos que alcancen casi seis meses para el año 2100, transformando radicalmente el clima y las estaciones en España.
