El reciente llamado del Primer Ministro canadiense Mark Carney, al afirmar que «si no estamos en la mesa, estamos en el menú», adquiere relevancia para México ante la presión que ejerce Estados Unidos en asuntos comerciales y de seguridad. Esa advertencia, dirigida a las llamadas potencias intermedias, plantea la necesidad de coordinación entre países con intereses comunes frente a políticas unilaterales.
Carney instó a estas naciones a actuar de manera conjunta en pactos ad hoc para defender posiciones frente a decisiones de grandes potencias. En México, el mensaje cobró eco por las amenazas y demandas reiteradas del gobierno estadounidense sobre la renegociación del tratado comercial y la posibilidad de intervenciones unilaterales para combatir al crimen organizado.
En términos económicos México no alcanza los niveles de ingreso per cápita de Canadá y es la economía más pobre del bloque norteamericano, pero mantiene una intensa relación comercial con Estados Unidos. Actualmente México es el principal exportador de mercancías hacia ese país, con cifras cercanas a 50 mil millones de dólares mensuales, y el principal importador desde Estados Unidos, con alrededor de 30 mil millones mensuales.
Ese intercambio anualizado ronda el billón de dólares, lo que genera intereses económicos significativos en ambos lados de la frontera. Aunque la asimetría de poder entre México y Estados Unidos es evidente en lo militar y político, el volumen comercial otorga a México una capacidad de negociación que puede ser considerada una ficha relevante en la mesa bilateral.
Además del intercambio comercial, el control migratorio ejercido por México ha disminuido de forma notable el flujo de cruces fronterizos hacia Estados Unidos, lo que constituye un elemento adicional de influencia en las negociaciones. Ese factor ha sido destacado por autoridades estadounidenses como indicador de cooperación mexicana en materia migratoria.
Frente a este panorama existen distintas posturas sobre la respuesta mexicana: algunas voces abogan por esperar un desgaste interno del gobierno estadounidense, mientras otras sostienen la conveniencia de actuar de forma proactiva y coordinada con otros países que enfrentan presiones similares. Cada opción implica riesgos; la espera puede implicar pérdida de margen de maniobra, y la confrontación abierta puede generar tensiones inmediatas.
Analistas sugieren que México debe valorar sus capacidades reales y emplear estratégicamente los instrumentos de que dispone, tanto en el ámbito económico como en alianzas multilaterales e incluso discretas, para defender sus intereses. La recomendación recurrente es no subestimar la propia posición ni renunciar a utilizar los recursos disponibles en la negociación.
En síntesis, el llamado de Carney plantea a México la disyuntiva de permanecer pasivo o buscar fórmulas concertadas con actores afines para proteger sus intereses frente a decisiones unilaterales de Estados Unidos. La decisión sobre la estrategia a seguir tendrá implicaciones directas en la relación bilateral y en los beneficios económicos compartidos.
Fuente: contactonoticias.com.mx
