En Panzano, un pequeño pueblo de Huesca, dos fuentes de agua, una dulce y otra salada, están detrás de una tradición agrícola que ha dado vida a hortalizas únicas durante generaciones. Francisco Bescós, un agricultor de 73 años, ha decidido regalar su valiosa herencia: semillas de calabaza amarilla de Panzano y de Rabique, después de haber cultivado estas variedades durante gran parte de su vida. Este gesto busca asegurar la continuidad de un legado agrícola amenazado por la falta de relevo generacional y la despoblación rural.
Las calabazas son reconocidas por su sabor distintivo, atribuible a la unión de ambos tipos de agua en la región. Ismael Ferrer, profesor de cocina y responsable de la parte gastronómica del Centro de Innovación Gastronómica de Aragón (CIGA), recibirá las semillas. Ferrer ha estado trabajando en la preservación de variedades agrícolas autóctonas y ha detallado la relevancia de mantener viva esta tradición alimentaria en un contexto donde la agricultura local se encuentra en declive.
La calabaza amarilla se caracteriza por su tamaño y resistencia a enfermedades, mientras que la variedad Rabique está destinada a la elaboración del pastillo, un postre típico navideño de la región. Ambas pertenecen al género Cucurbita y su cultivo ha sido el resultado de una selección cuidadosa a lo largo del tiempo, reflejando un patrimonio genético que ahora enfrenta el riesgo de extinción.
Desde 1991, la población de Panzano ha disminuido drásticamente, reflejando un fenómeno más amplio en las zonas rurales de España. Ismael Ferrer ha documentado la situación de las huertas en la región, donde muchas están siendo abandonadas. La pérdida de diversidad agrícola es alarmante; se estima que el 70% de las variedades agrícolas ha desaparecido en el último siglo, lo que ha llevado a iniciativas como el Banco de Germoplasma Hortícola del CITA en Zaragoza, que busca preservar esta riqueza genética.
El éxito en la recuperación de variedades como el melón de Torres de Berrellén demuestra que es posible revertir el daño causado por la pérdida de diversidad, pero se necesita un esfuerzo colectivo para garantizar la supervivencia de las tradiciones agrícolas que nutren no solo la cocina local, sino también la identidad cultural de la región.
