Recientemente, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) ha emitido un informe que recomienda pautas nutricionales para la menopausia basadas en estudios realizados exclusivamente en hombres. Esto plantea preocupaciones sobre cómo instituciones de este calibre pueden desestimar a la mitad de la población en la elaboración de directrices que afectan a las mujeres. Tal situación no es aislada en la historia de la ciencia, sino que refleja una tendencia más amplia que perpetúa la falta de inclusión en la investigación.
Las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, como en las hormonas y el sistema inmunitario, subrayan la necesidad de realizar ensayos clínicos que incluyan muestras representativas de ambos sexos. Ignorar a las mujeres puede resultar en efectos adversos no detectados y diagnósticos incorrectos, perpetuando así problemas de salud a largo plazo. Por ejemplo, enfermedades como la endometriosis y el síndrome de ovario poliquístico son informadas con frecuencia solo a través de un prisma masculino, lo que contribuye a su infradiagnóstico.
Este sesgo ha llevado a que, durante décadas, los estudios se centraran solamente en aspectos reproductivos como el cáncer de mama. El término “medicina bikini” ha surgido para describir esta tendencia, que minimiza o ignora otros aspectos de la salud femenina. Aunque se ha avanzado, muchas condiciones dolorosas aún son ignoradas, ya que el dolor menstrual a menudo se normaliza.
En Estados Unidos, no fue hasta 1993 que se hizo obligatorio incluir a mujeres en ensayos clínicos. En Europa, la inclusión no se formalizó hasta 2014. Como resultado, muchas pautas de medicamentos se basan en pruebas realizadas únicamente en hombres, lo que puede llevar a recetar dosis inapropiadas para las mujeres. El caso del Zolpidem, un somnífero, ilustra esta disparidad; se descubrió que las mujeres metabolizan el fármaco de manera diferente, lo que llevó a ajustes en las dosis después de dos décadas de uso.
El uso de psicofármacos también refleja un desbalance, ya que las mujeres son más propensas a recibir tratamientos para trastornos mentales. Un estudio reveló que, ajustando por diagnóstico, las mujeres tienen una mayor probabilidad de ser medicadas que los hombres. A pesar de esta tendencia, muchos estudios no analizan diferencias de género en sus resultados.
La salud cardiovascular de las mujeres sigue siendo un tema poco investigado. La doctora Bernardine Patricia Healy describió el “síndrome de Yentl,” que se refiere al riesgo elevado de que las mujeres no reciban el tratamiento que necesitan, al considerarse que las enfermedades cardiovasculares afectan exclusivamente a hombres. Esto ha llevado a diagnósticos tardíos, ya que los síntomas de infarto pueden variar considerablemente entre géneros.
En resumen, el reciente informe de la AESAN sobre la menopausia es solo un ejemplo de un problema de mayor calado en la investigación médica. La falta de inclusión de las mujeres en ensayos clínicos y estudios de salud no solo limita la comprensión de sus cuerpos y enfermedades, sino que también perpetúa la iniquidad en el cuidado de la salud. Es fundamental reconocer y abordar estas deficiencias para asegurar una atención médica equitativa y efectiva.
