Henry Ford, reconocido por revolucionar la industria automotriz, hizo un anuncio inesperado en 1926 al abogar por el derecho de los trabajadores a disfrutar de su tiempo libre. En un momento histórico, Ford afirmó que el “tiempo libre no es un privilegio de clase” y, meses más tarde, estableció la semana laboral de cinco días en sus fábricas, permitiendo a sus empleados trabajar 40 horas semanales. Esta decisión no solo superó el estándar legal de 48 horas establecido por la Organización Internacional del Trabajo en 1919, sino que también cambió la percepción del trabajo en esa época.
La medida se sustentó en un ensayo realizado por su hijo, Edsel Ford, quien ya había impulsado reducciones en la jornada laboral en algunas áreas de la fábrica desde 1922. Edsel defendía que los trabajadores necesitaban más tiempo de descanso y que esta reducción no afectaba la rentabilidad del negocio. En efecto, Ford mantuvo salarios competitivos y proyectó aumentar la plantilla para sostener la misma producción en un horario reducido, demostrando que menos horas de trabajo no significaban menores beneficios.
El éxito de Ford se apoyó en la implementación de la cadena de montaje con el Modelo T, que redujo drásticamente el tiempo de producción, de más de doce horas a solo 90 minutos por unidad. Esta eficiencia le permitió doblar el salario mínimo a cinco dólares diarios en 1914, una cifra que escandalizó a otros empresarios, pero que Ford consideraba justa. Para él, la automatización debía beneficiar a los trabajadores, no solo en términos salariales, sino también otorgándoles más tiempo para sus vidas personales.
Ford argumentó que las mejoras en la producción, junto con la reducción de la jornada laboral, facilitaban una semana de cinco días, alineándose con la perspectiva de que un trabajador satisfecho y con tiempo de ocio también se convierte en un consumidor más activo. Esta visión de trabajo y consumo sigue resonando hoy en día, subrayando un cambio en la cultura laboral que influyó en generaciones posteriores.
