En un intento poco convencional por combatir una invasión biológica, el gobierno de Estados Unidos lanzó, desde helicópteros, miles de ratones muertos impregnados de paracetamol en Guam. Este método se implementó para controlar la población de la serpiente arborícola marrón (Boiga irregularis), que ha devastado la fauna local desde su llegada a la isla tras la Segunda Guerra Mundial. La especie, sin depredadores, ha ocasionado la extinción de varias aves autóctonas y recurrentes apagones al infiltrarse en infraestructuras eléctricas.
Los ratones, equipados con paracaídas de cartón, fueron diseñados para quedar atrapados en la parte superior de los árboles donde las serpientes cazan. El paracetamol resultó ser un veneno selectivo; una dosis mínima alcanza para causar la muerte de la serpiente sin poner en riesgo a otras especies del ecosistema. Este enfoque, aunque innovador, generó dudas sobre su efectividad a largo plazo. Investigaciones posteriores confirmaron que, si bien hubo una reducción significativa en la población de serpientes en las áreas tratadas, estas reapariciones se debieron a la recolonización por individuos de zonas cercanas.
Frente a este desafío, las autoridades estadounidenses no desistieron, sino que modificaron su estrategia. Se implementó una combinación de métodos que incluye trampas, perros detectores y revisiones en puntos críticos como puertos y aeropuertos. La meta actual ya no es erradicar por completo a la serpiente, sino controlar su población y proteger la fauna nativa. A pesar de su apariencia extravagante, el lanzamiento de ratones sigue siendo una herramienta clave en la lucha contra esta invasión biológica.
