En un giro alarmante, Inglaterra, que el 23 de marzo de 2026 se declaró libre de sequía, enfrenta ahora una crisis severa. Según la Environment Agency, el 71,3% del territorio está actualmente clasificado en sequía, afectando a 45 millones de personas y limitando incluso el riego de jardines en 27 de estas comunidades. Este cambio radical en las condiciones climáticas tiene impactos inmediatos en la vida diaria, el acceso al agua y la agricultura.
La situación es especialmente crítica en el sur de Inglaterra, donde durante julio se registraron sólo 1,9 mm de precipitación, apenas el 3% de lo habitual. Este no solo fue el julio más seco desde 1836, sino el mes con menos lluvias en toda la historia registrada. Mientras tanto, Escocia ha tenido condiciones más favorables, lo que agrava aún más la desigualdad regional en el acceso al agua.
Esta crisis no es exclusiva de Inglaterra. Francia ha soportado su mes más cálido desde 1900, con temperaturas que alcanzan los 24,9 grados centígrados, y una reducción del 70% en las lluvias. En estas condiciones adversas, se estima que la cosecha de maíz será la más baja desde 1980.
Un informe del Joint Research Centre indica que alrededor del 50% del territorio de la Unión Europea, incluyendo el Reino Unido, está actualmente afectado por sequías. Este fenómeno está ligado al cambio climático, que ha aumentado considerablemente la probabilidad de estos eventos extremos. La escasez de agua tiene consecuencias graves para los ecosistemas, la agricultura y la gestión de recursos hídricos.
El impacto visual de esta crisis se percibe en parques y ríos, donde las imágenes de tierra árida reflejan un problema sistémico de infraestructura. En Inglaterra y Gales, las compañías de agua pierden diariamente 2.870 millones de litros por fugas, lo que representa una quinta parte del total que distribuyen. Sin estrategias eficaces para abordar estas pérdidas, las restricciones actuales, como la prohibición del uso de mangueras, parecen insuficientes ante la magnitud del problema.
Estos eventos climáticos ponen de manifiesto la fragilidad de las infraestructuras y el desafío que representa la gestión del agua en un mundo que enfrenta cambios ambientales drásticos.
