La industria de electrodomésticos en España, que una vez fue próspera con marcas como Balay y Fagor, enfrenta una crisis aguda. En las últimas dos décadas, 17 plantas han cerrado o se han trasladado a otros países, dejando solo unas pocas fábricas en operación. Según APPLIA, la Asociación Española de Fabricantes e Importadores de Electrodomésticos, la facturación del sector es de 4.500 millones de euros anuales y emplea a unas 8.000 personas, cifras relativamente bajas para una economía como la española.
El principal motor detrás de este declive es la deslocalización, ya que la fabricación en Asia resulta más económica debido a menores costos de producción y regulaciones ambientales. Augusto Río, portavoz de APPLIA, señala que las normativas europeas, aunque buscan mejorar el entorno industrial, dificultan la fabricación dentro de la Unión Europea. Un ejemplo es el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono, que impone costos al acero utilizado en electrodomésticos fabricados en Europa, mientras que aquellos importados no suelen estar sujetos a estas tasas.
La pérdida de empleo es la consecuencia más evidente de este fenómeno, pero también plantea la preocupación de depender de terceros para productos esenciales. Mantener la producción local es fundamental para sostener economías y obtener empleos de calidad, en contraste con la precariedad que a menudo caracteriza al sector servicios. Además, el descenso en la fabricación afecta el ecosistema de innovación, ya que sin fábricas en el país, el conocimiento técnico se erosiona.
A pesar de que la demanda de electrodomésticos no ha disminuido —el mercado europeo se espera que crezca de 112.330 millones a 147.980 millones de dólares entre 2024 y 2033—, líderes del sector, como BSH y Electrolux, dominan el mercado. Recientemente, China también ha hecho adquisiciones en el sector europeo, como la compra del Grupo Teka por Midea.
Históricamente, la producción de electrodomésticos en España simbolizó el desarrollo económico y la conexión con un estilo de vida consumista. Sin embargo, la globalización ha llevado a muchas multinacionales a trasladar su producción a naciones con costos más bajos. Las normativas españolas, más exigentes en términos de garantías y disponibilidad de piezas de repuesto, también añaden un obstáculo adicional a la competitividad.
La estrategia para preservar la industria en Europa se centra en mejorar la calidad en lugar de competir solo en precio. Empresas como CNA, propietaria de Cata, buscan incrementar el valor añadido de sus productos, enfocándose en la innovación y la durabilidad. No obstante, esta estrategia requiere tiempo y una base de consumidores dispuestos a pagar más, lo cual es incierto en un contexto inflacionario. Asimismo, las tensiones comerciales con China complican la situación, ya que la dependencia de Europa no se limita a electrodomésticos, sino que incluye componentes vitales como semiconductores y materiales estratégicos.
