Alonso Yáñez Fajardo, conocido como “El Granadino”, destacó en la historia del siglo XV por su notable carrera militar y por su papel como putero mayor del Reino de Granada. Tras contribuir a la toma de localidades importantes en la Guerra de Granada, los Reyes Católicos le otorgaron el control de las mancebías en la región, lo que le proporcionó ingresos significativos que perduraron más de cinco siglos después de su muerte. Su legado como uno de los hombres más influyentes en la red de prostíbulos de la época opacó sus títulos nobiliarios, convirtiéndose en un símbolo de la relación económica entre la prostitución y la nobleza.
Fajardo, hijo ilegítimo del alcaide de Lorca, se implicó en el negocio del sexo con la aprobación de la Corte, lo que revela la normalización de la prostitución en la sociedad de entonces. Este negocio no solo era una fuente de ingreso sino que también funcionaba como un método para controlar conflictos sociales en un periodo de inestabilidad. En diversos reinos, incluidos Aragón y Castilla, existían mancebías reguladas, y los Reyes Católicos adoptaron este modelo para convertirlo en una herramienta útil para el mantenimiento del ordre público.
Durante el reinado de Isabel y Fernando, se estableció una vasta red de burdeles en toda España. La normativa para regular estos espacios generó un flujo significativo de ingresos para la Corona, al tiempo que se buscaba mitigar desórdenes sociales. Los esfuerzos de las autoridades incluyeron la creación de leyes que favorecieran la prostitución en burdeles regulados, promoviendo así una “válvula de escape” para contenir problemas más graves como el adulterio y la violencia sexual.
Con el tiempo, la prostitución se institucionalizó. Las Cortes de Madrigal de 1476 establecieron diferencias fiscales entre meretrices públicas y clandestinas, lo que incentivó la creación de burdeles autorizados. En este contexto, la Corte incentivó a diferentes localidades a abrir mancebías, otorgando monopolios a nobles leales a cambio de su apoyo. Esta red de burdeles, especialmente en ciudades como Sevilla y Valencia, llegó a ser monumental, reflejando una realidad compleja en la que las dinámicas de poder y economía estaban entrelazadas.
Aunque al principio existió una cierta permisividad hacia la prostitución, las actitudes cambiaron con el tiempo. El reinado de Felipe IV marcó un giro hacia la moralización del comportamiento social, a pesar de su propia reputación de libertinaje. Este contraste subraya las tensiones entre la realidad social y las políticas de control en la España del siglo XVII, revelando una lucha continua entre las formas de gobernanza y las costumbres sociales.
La historia de Fajardo y la prostitución en el Reino de Granada nos ofrece una mirada fascinante sobre las interacciones entre poder, economía y moralidad en un periodo crucial de la historia española.
