Documentos desclasificados revelan que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos llevó a cabo durante dos décadas al menos cinco proyectos encubiertos para influir y desestabilizar el movimiento estudiantil en México. Esta información arroja luz sobre la intervención de la CIA en asuntos internos del país, lo que puede impactar la percepción de la sociedad sobre la historia reciente y las dinámicas de poder educativas.
El análisis realizado por el National Security Archive (NSArchive) indica que la CIA financió grupos de choque universitarios de extrema derecha y aún retiene bajo censura varios documentos relacionados con sus operaciones que precedieron a la masacre de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968. Este movimiento revela la importancia de que los ciudadanos comprendan el papel que desempeñaron estas acciones en la historia política y social de México.
Las operaciones de la CIA contra la autonomía universitaria se remontan a 1952, cuando comenzó a intervenir a través del grupo de derecha LILISP-C, involucrándose en actos contra el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Posteriormente, con el proyecto LIHUFF y la fachada del Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas (IISE), la agencia destinó fondos al Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), que actuó como un brazo paramilitar en diversas universidades del país.
Los documentos demuestran que el MURO, con aproximadamente 200 integrantes, fue responsable de actos de violencia y desestabilización en varias universidades, provocando la expulsión de rectores considerados “comunistas”. A pesar de advertencias internas sobre el impacto negativo del financiamiento, la CIA continuó apoyando estas facciones extremistas.
En 1969, la Agencia pagó al entonces director de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) para organizar manifestaciones junto con el MURO frente a la Embajada Soviética. Se detallan cinco proyectos encubiertos de la CIA que buscaban influir en el movimiento estudiantil, cada uno con objetivos específicos para controlar liderazgos y movilizar acciones en las universidades.
Además, la CIA mantuvo un monitoreo constante de las protestas estudiantiles, incluso utilizando técnicas de interceptación telefónica para vigilar a profesores e intelectuales. En su análisis interno, la masacre de Tlatelolco fue minimizada a un “tiroteo”, desdibujando la gravedad de la represión ejercida.
Hoy, la CIA sigue censurando información clave sobre sus operaciones en México, lo que dificulta entender plenamente su involucramiento y las consecuencias que tuvieron en el contexto estudiantil y social del país. Esta revelación no solo es un llamado a la reflexión sobre el pasado, sino también a la necesidad de transparencia en la historia reciente de México.
