Quibdó, en el departamento del Chocó, Colombia, se enfrenta a una difícil realidad tras un terremoto de 7,4 grados que sacudió la región. Este evento no solo arrasó viviendas, sino que expuso la cruda vulnerabilidad de una comunidad que ya lidia con altos niveles de pobreza y aislamiento. En un área donde la infraestructura y los servicios básicos son escasos, desastres naturales como este pueden tener consecuencias devastadoras, multiplicando las dificultades de quienes allí habitan.
Paola y Antony Roldán, dos hermanos que se encontraban en su hogar en el barrio Piñal de Medrano, cuentan cómo el sismo destrozó su vivienda y casi todo lo que poseían. Lograron escapar a tiempo, pero su vida ahora está marcada por la incertidumbre sobre el futuro. “Hay que hacer algo, no podemos quedarnos aquí esperando ayuda”, expresa Paola, destacando que fueron sus vecinos quienes les brindaron apoyo en medio de la tragedia.
La ayuda oficial llega poco a poco, pero la respuesta hasta ahora se limita a un censo realizado por la Gobernación local. Los hermanos siguen a la espera de recibir asistencia humanitaria de otras ciudades y países. La pobreza en Chocó no es nueva; cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística indican que un alto porcentaje de la población ya vivía en condiciones precarizadas, lo que solo ha empeorado con la actual emergencia.
El terremoto ha confirmado las dificultades crónicas que enfrenta la región, donde el acceso a servicios básicos y atención sanitaria es complicado, y muchas comunidades dependen de transporte aéreo o fluvial para conectarse con el resto del país. La geografía, dominada por ríos y selva, hace que la ayuda llegue lentamente a quienes más la necesitan.
James Mosquera, congresista y representante de comunidades afectadas por el conflicto armado, comparte que en el Chocó la historia de violencia y abandono estatal se entrelaza con la crisis actual. Desde la firma del Acuerdo de Paz en 2016, aunque han habido intentos de establecer una presencia estatal en los territorios, el desafío persiste, especialmente frente a grupos armados que han asumido el control tras la desmovilización de las FARC.
Mosquera señala que sin una respuesta eficaz del Estado, la población queda atrapada entre la violencia de grupos criminales y la presión de las fuerzas armadas. Esta interacción ha llevado a un clima de temor, ya que muchos no desean más enfrentamientos que puedan afectar a los civiles. La falta de oportunidades para los jóvenes en la región agrava esta situación, convirtiéndolos en blanco de reclutamiento por parte de grupos ilegales.
El terremoto es otro capítulo triste en una historia de desastres y penuria que la población del Chocó conoce demasiado bien. La lucha por la recuperación apenas comienza, y la esperanza de un futuro mejor se enfrenta a un panorama complicado marcado por la pobreza, la violencia y el reciente desastre natural. “Los muertos siempre los pone el pueblo”, afirma Mosquera, recordando que en territorios como este, las tragedias nunca se detienen tras un solo evento.
