La investigación reciente revela que los asistentes de inteligencia artificial (IA) tienden a tener voces femeninas, una decisión que no es arbitraria. Un estudio realizado por académicos en Suiza examina cómo el género de un agente virtual influye en la percepción y evaluación de su desempeño, destacando que este sesgo en la industria tecnológica refleja estereotipos de género arraigados en la sociedad. La voz femenina, utilizada en asistentes como Siri y Alexa, se asocia a menudo con cualidades como amabilidad y empatía, facilitando así la interacción con el usuario. Por el contrario, las voces masculinas suelen ser vistas como más autoritarias.
Los investigadores de universidades como la de Limerick y Zúrich llevaron a cabo un experimento con 189 participantes que utilizaron gafas de realidad virtual para interactuar con diferentes asistentes: un chatbot, un robot de escritorio y dos avatares humanos, Johan y Johanna. A pesar de que los resultados mostraron que los participantes valoraron de forma similar el trabajo de ambos géneros, al momento de asignar recompensas monetarias, Johanna recibió un 10% menos que Johan, revelando un sesgo persistente hacia las voces masculinas.
El estudio también encontró que, a pesar de que muchos participantes afirmaron no tener preferencias de género en una IA, sus decisiones económicas indicaron lo contrario. Los asistentes con apariencia humana generaron más confianza en comparación con un robot, a pesar de que algunos participantes expresaron una preferencia por una IA sin apariencia humana.
Esta discrepancia resalta un patrón preocupante: el sector tecnológico, dominado por la falta de diversidad, refuerza los prejuicios de género en el desarrollo de modelos de IA. Según la UNESCO, solo el 20% de los puestos técnicos en tecnología son ocupados por mujeres. La falta de representación contribuye a que los modelos de IA reproduzcan estereotipos de género, tanto en lenguaje como en generación de imágenes. El estudio subraya una realidad incómoda: aunque confiamos más en las IAs que parecen humanas, también les transferimos prejuicios que resultan en un trato desigual, evidenciando que la apariencia de una IA puede influir drásticamente en cómo valoramos su trabajo.
