En el contexto del conflicto en Ucrania, la utilización de drones ha avanzado considerablemente, transformándose en una herramienta clave para Kiev. A medida que Ucrania busca minimizar las bajas humanas, ha comenzado a implementar robots para realizar tareas peligrosas, mientras que Rusia se prepara para significativamente aumentar su producción de drones de ataque. Documentos internos de Rosatom indican que se planea fabricar 28,000 drones adicionales anualmente, lo que intensifica la guerra no tripulada.
El comandante Serhii Tischenko del 96º Batallón del Tercer Cuerpo de Ejército ucraniano detalla que la estrategia se divide entre el uso de vehículos terrestres no tripulados (UGV) durante la noche y los ataques de infantería durante el día. Esto se ha evidenciado en la Operación Vivaldi, donde los UGV preparan el terreno, abriendo caminos en zonas minadas antes de que los soldados avancen.
Los UGV pueden despejar campos minados que humanamente tomarían semanas en completar, logrando realizar en solo dos días lo que un equipo de soldados necesitaría alrededor de dos semanas. Estos vehículos son capaces de transportar hasta 400 kilos y están complementados por hexacópteros que siembran minas antipersona.
A pesar de esta automatización, la necesidad de personas en el conflicto sigue siendo evidente. Mientras que los UGV pueden ser reparados o reemplazados, la vida de los soldados sigue siendo un recurso valioso que Ucrania busca proteger utilizando tecnología. La doctrina militar actual aboga por priorizar el uso de máquinas en lugar de arriesgar vidas humanas.
En paralelo, Rusia está revisando su estrategia industrial. Los planes de Rosatom para aumentar la producción de fibra de carbono en su fábrica Alabuga-Volokno reflejan la intención de Moscú de mejorar su autosuficiencia en la fabricación de drones. Este material es crucial para la producción de drones kamikaze, y con la nueva capacidad, Rusia podría incrementar su producción de estos dispositivos en un 78%, alcanzando hasta 36,000 unidades anualmente.
Además, Rusia está buscando ampliar su cadena de suministro, planteando la construcción de una nueva planta de fibra de carbono para reducir la dependencia de importaciones. La meta final incluye producir 130,000 drones para 2030 y aumentar esa cantidad a 350,000 para 2035, lo que muestra el compromiso del país para dominar esta forma de combate.
Ambas naciones están navegando una revolución tecnológica que redefine el panorama del enfrentamiento. Los drones, inicialmente vistos como complementos en la guerra, están ahora en el centro de la estrategia militar, evidenciando un cambio significativo en cómo se llevan a cabo los combates, en donde la tecnología parece ser el nuevo eje.
