En Juchitán, Oaxaca, un grupo de cocineras tradicionales, lideradas por Griselda, continúa esperando la reconstrucción de su espacio de trabajo, que fue devastado por el sismo del 7 de septiembre de 2017. A pesar del paso de casi una década y de las promesas incumplidas del Gobierno de México, ellas se mantienen firmes en su labor y en la defensa de su patrimonio cultural.
Griselda, quien proviene de una familia de cocineras, ha experimentado un largo camino de incertidumbre. Después de ser reubicadas en diferentes espacios, ahora venden sus platillos en un lugar aún sin reconstruir, donde el piso es de tierra y el techo, de lámina. Este espacio no solo representa su trabajo, sino también sus raíces familiares y comunitarias.
La situación es aún más compleja. Aparte de las dificultades estructurales, han enfrentado un aumento de la violencia en la región, que ha afectado su capacidad de vender. Griselda recuerda que antes podían operar desde la mañana hasta la tarde, pero ahora las ventas han caído drásticamente debido a la inseguridad.
A nueve años del desastre, las emociones siguen frescas. Las cocineras no solo luchan por un espacio digno, sino también por el reconocimiento de su labor como sustento de muchas familias. Griselda hace un llamado a las autoridades, incluso al gobernador de Oaxaca, Salomón Jara Cruz, para que se atiendan sus necesidades y se brinde un entorno seguro para el comercio.
El sismo no solo dejó una huella física en la infraestructura de Juchitán, sino también emocional en sus habitantes. El recuerdo de la tragedia aún duele, y las cocineras, lejos de rendirse, afirman que se mantendrán firmes en su misión de preservar la comida tradicional, a pesar de los obstáculos. Con el deseo de ser escuchadas, continúan ofreciendo a la comunidad sus platillos típicos, un símbolo de resistencia y conexión cultural.
