Un grupo de investigadores ha hecho un descubrimiento notable en el fondo del mar Mediterráneo, donde el buque oceanográfico Miguel Oliver recuperó 26 ánforas romanas casi intactas y 17 cajas de cerámica fragmentada. Este hallazgo ocurrió a 1.400 metros de profundidad, al sur de Formentera, mientras el barco participaba en un programa de evaluación de la salud de los caladeros mediterráneos. El descubrimiento, que llegó al Museo Arqueológico de Eivissa y Formentera en menos de 24 horas, ilustra cómo, a veces, la ciencia pesquera puede revelar fragmentos significativos de la historia antigua.
Las ánforas recuperadas pertenecen al tipo Dressel 20, muy utilizadas para el transporte de aceite entre los siglos I y III. Estas piezas, hechas de una arcilla porosa que impedía su reutilización, son una representación emblemática del comercio romano. Muchas de ellas aún presentan sellos e inscripciones que indican su origen y contenido, permitiendo rastrear rutas comerciales que se extendían hasta lugares lejanos como Londres y Maguncia en Alemania.
El Miguel Oliver, un buque de investigación de 70 metros, ha sido diseñado para operar silenciosamente en el océano, lo que permite el estudio de diversas especies sin perturbarlas. Este hallazgo resalta la importancia de las expediciones marítimas en la conservación y el descubrimiento de patrimonios sumergidos que, de otro modo, permanecerían ocultos e inexplorados. La recuperación de estas ánforas es también un recordatorio de que el patrimonio cultural puede ser accidentalmente desenterrado a lo largo de actividades de investigación científica.
El proceso de restaurar estas piezas es complejo. La tripulación mantuvo las ánforas hidratadas para evitar su deterioro y, ahora, se procederá a la desalación y restauración en un entorno controlado. Los estudios futuros buscarán identificar la fecha y origen exacto de este cargamento, así como el posible naufragio del que provienen, contribuyendo a nuestro entendimiento de las redes comerciales de la Roma antigua. Esta colaboración entre la arqueología y la ciencia pesquera no solo enriquece el conocimiento histórico, sino que también plantea nuevas preguntas sobre el impacto del comercio en la antigüedad.
