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Pancho El Sol, bolero longevo de corazón

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Roberto López Arrieta

San Miguel de Allende.- Quiso ser peluquero pero el universo le puso un cajón de bola enfrente y contó una historia completamente diferente. Francisco González Sánchez ya cumplió 50 años como bolero y ha visto pasar a medio pueblo en su silla, en una esquina del jardín principal, donde diariamente trabaja con el corazón.

Francisco es sonriente y amable, acepta ser entrevistado sólo después de haberse curado de la garganta (viajó caminando a San Juan de los Lagos y el trayecto lo enfermó), “cada año voy y ésta vez me tocó dar las indicaciones, entonces iba gritando mucho”.

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Recordó que a sus 12 años empezó a trabajar en una peluquería, “mi intención era ser peluquero, entonces empecé a barrer los cabellos; ahí había un cajón y yo no sabía qué era; le pregunté al peluquero y cuando me dijo, se lo pedí prestado. Yo le ofrecía servicio a sus clientes y así empecé”.

Sentado en su pequeño banco, debajo de la silla donde sus clientes se sientan mientras les lustra sus zapatos, Francisco remembró que fue en el año de 1967 cuando se fue a trabajar al centro, específicamente a la plaza principal de la ciudad.

“Pero antes de eso ya había hecho muchas cosas: lava coches, mandadero, voceador, barrendero, cargador de canastas, guía de turistas.. a todo le hacía y es que si uno quería ganarse el dinero, sí había formas de hacerlo”.

Justamente de su trabajo como voceador, hoy conserva su apodo “Pancho el Sol”. Me lo puso un tío, porque cuando yo vendía periódicos, vendía el Sol del Bajío y así me puso mi tío. Al principio no me gustaba pero hoy hasta me da orgullo que me digan así.

Se casó hace 32 años y solamente tuvo un hijo, el mismo que lo acompaña todos los días a trabajar. Su vástago también es bolero, así que comparten las mañanas y las tardes de todos los días.

“Nunca cuento cuántas boleadas hago en un día, mi abuelo decía que no había que contar porque luego no rinde, pero yo creo que al día deben ser entre 25 y 30”.

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Francisco dijo que aunque su trabajo no es tan demandante, sí hay ocasiones en las que es estresante, “cuando llega un cliente con mucha prisa y se enoja porque no lo atiendo rápido, pero como decía mi abuelo: si es fiel va a volver, si no ya ni modo”.

Sin dudarlo, Francisco González asegura que tanto le gusta su trabajo que lo hace con el corazón, “me gusta estar aquí, todos los días veo la parroquia, a la gente que pasa, disfruto el día y si llueve o hace calor, no pasa nada, aquí seguimos, es un privilegio estar aquí”.

Compartió que su trabajo le da para vivir, aunque no con lujos, pero de manera feliz y trabajando junto a su hijo.

Además de lustrar zapatos, Pancho es tan bueno que tiene pinturas especiales para cambiar de color zapatos que originalmente sean tan oscuros como negros o cafés, para hacerlos, incluso, más claros.

“Puedo cambiar un zapato negro y hacerlo café, tengo una pintura especial y quedan muy bien, de todo hacemos. Lo que el cliente pida”.

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Presumió que como San Miguel de Allende es una ciudad cosmopolita, con el tiempo fue necesario aprender a hablar inglés para comunicarse con los extranjeros que querían lustrarse los zapatos, “tuve que aprender a hablar lo básico y sí pude”.

También dijo que no hay zapato tan difícil, tan sucio o color tan extraño, que no pueda bolear, “aquí viene de todo, desde gente que apenas y trae sucios los zapatos, hasta albañiles que los traen terribles, pero a todos les damos servicios y si el color es muy raro, pues les ponemos grasa natural, que todo se vayan contentos”.

Francisco no es analfabeta, tuvo la oportunidad de estudiar primaria, secundaria y bachillerato, pero su vocación fue la de bolear zapatos; hoy tiene una vida feliz, trabaja junto a una de las parroquias más bellas del país y logra sacar a su familia adelante, de 15 en 15 pesos.

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